Lo que pasa en la U

"Yo soy porque muchos fueron conmigo"

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Martes, 16 Junio 2026
Agencia de Noticias Univalle

Discurso de Marleyda Soto en la Ceremonia de grados del 13 de junio de 2026.

Estimada mesa directiva, graduandos y graduandas, compañeros y compañeras univallunos, familias y amigos y amigas que nos acompañan el día de hoy.

Es un gran privilegio dirigirme a ustedes en este día tan especial, un día que marca uno de los logros más importantes de sus vidas hasta ahora.

La Universidad del Valle es una institución reconocida dentro y fuera del país por su calidad académica. Durante décadas ha formado profesionales, investigadores, artistas, científicos y líderes que han dejado huella en distintos campos. No por nada ha sido conocida por generaciones bajo un lema que se ha convertido en nuestro símbolo principal, en nuestro sello más destacado como miembros de la universidad: “La mejor para los mejores”. Esta consigna no es un adorno. Es el principio rector que inspira y orienta todas nuestras acciones. Es una fuerza viva que transforma nuestra formación diaria. Al presentarnos al mundo como univallunos, esta frase nos destaca.

Con los años he llegado a pensar que esa frase significa algo mucho más profundo de lo que imaginaba cuando era estudiante. Porque ser “los mejores” no significa ser quienes nunca se equivocan. Ni tampoco significa tener siempre las respuestas correctas ni recorrer el camino más fácil. La excelencia de la Universidad del Valle no radica únicamente en la calidad de sus programas y sus maestros, o en el prestigio de sus egresados, también radica en su capacidad de formar seres humanos críticos, comprometidos y sensibles al mundo que los rodea, y en ofrecer experiencias únicas y transformadoras, que terminan moldeando no sólo lo que sabemos, sino también lo que somos.

Y quizás por eso, nuestra amada Univalle es un lugar donde a veces las cosas no ocurren como las planeamos, pero donde casi siempre terminan enseñándonos más de lo que imaginábamos.

Recuerdo mi paso como estudiante. Los primeros días sólo me sabía una ruta para llegar hasta el Auditorio 4. Desde la vehicular (que ya no existe, está tapada), siguiendo derechito por ese sendero de árboles, pasar por debajo de administración, cruzar Ciencias y listo. Un día me dio por irme por Idiomas…y me perdí. Como primípara que era me dio vergüenza preguntar cómo llegaba al Auditorio 4. Resultado del safari universitario: Llegué tarde y no pude entrar a clase. Y se preguntarán “¿cómo que no pudo entrar?, uno se mete, entra calladito y se acomoda”, breve la vuelta. Pues no, en Arte Dramático no. Y no porque sea un capricho o arbitrariedad de los maestros, sino porque se nos enseña rigor y disciplina. Llegué tarde muchas veces y me quedé afuera muchas veces. Pero en una de esas llegadas tarde pude entrar. La puerta estaba abierta y aproveché un descuido y me metí. Feliz con mi proeza, pensé que había burlado la atención de la Maestra Ma. Me cambié y me dispuse a trabajar. Luego la Maestra dice: “Hagan parejas”, y cuando yo iba a hacer la mía, me dice: “No Marleyda tú trabajas sola”. Se me hizo un nudo en la garganta. Y mientras todos hacían los ejercicios, yo trabajaba con mi sombra en la pared. Estaba aguantándome las lágrimas y mientras hacía un esfuerzo descomunal por no derrumbarme, la maestra Ma comenzó a decirme con voz muy fuerte, casi que gritando: “¡¿Quieres ser actriz Marleyda?! Quieres ser grande?! ¡¿Quieres subirte a un escenario y conmover al mundo?! Pues felicitaciones porque vas muy bien, estás haciendo todo para que no sea, todo para que no se cumpla! Si quieres ser actriz, hay que llegar temprano, tener disciplina, rigor, esfuerzo, dedicación, es lo único que te va a ayudar!!”. ¿Cómo se sigue adelante después de semejante verdad?.

Yo sólo era una muchacha que deseaba hacer teatro, que soñaba con ser actriz, pero de repente y a las malas por cuenta de mi inmadurez, estaba aprendiendo que eso no era suficiente. Esa muchacha que estaba ahí, sintiéndose pequeña, avergonzada, regañada, chillando a espaldas de sus compañeros, no tenía idea de todo lo que la vida le tenía planeado si decidía tragarse el orgullo y escuchar los consejos de su maestra. Y escuché. Y apliqué.

Treinta años después rememoro ese momento con nostalgia y humildad. Hoy estoy aquí con la certeza absoluta de que nada de lo que el universo me ha dado, habría ocurrido si no hubiera recibido esa nalgada pedagógica de mi maestra.

Hoy estoy aquí sabiendo que mi formación en la Universidad del Valle me preparó para ser maestra y para interpretar grandes personajes del teatro y el cine. A la matriarca de los Buendía…la gran Úrsula Iguarán … después de eso no creo que haya algo más grande. Pero de lo que sí estoy convencida es que mi carrera como pedagoga no sería lo que es, y que esos increíbles proyectos teatrales y cinematográficos no hubieran llegado a mí, sin ese momento en que vi mi sombra en la pared y en que mi maestra presa de rabia y frustración de verme tan necia, supo que tenía que hacer algo para sacudirme y llevarme por los caminos de la disciplina. Con el tiempo aprendí que la maestra no me estaba castigando porque tuviera algo contra mí. Me estaba mostrando una verdad que a veces nos cuesta aceptar: el talento ayuda, pero no alcanza. Los sueños son importantes, pero tampoco son suficientes. El material que realmente los abona, es el rigor, la pasión, la disciplina. Es levantarse cuando no tenemos ganas. Es volver a intentarlo cuando algo (o todo) nos sale mal. Es hacer el trabajo incluso cuando nadie nos está mirando.

Y estoy segura de que ustedes también tuvieron su propia versión de esa anécdota, de ver su sombra contra la pared. Tal vez fue un profesor que les exigió más de lo que creían posible. Tal vez una devolución que dolió. Tal vez una materia que tuvieron que repetir. Tal vez una tesis que parecía no terminar nunca.

Pero aquí están. Y si están aquí hoy, es porque en algún momento decidieron no rendirse.

La universidad es grande. Y ustedes caminaron sus pasillos, sus salones, sus laboratorios, sus auditorios, el CDU, las audiciones de los viernes, las eternas colas de la central, los espacios de la biblioteca, durante al menos qué? tres ... cinco … siete años? para algunos de ustedes, tal vez incluso un poco más. Yo me demoré 10 años en graduarme! Jajajaja. (Pero atención, tengo un gran amigo, hermano de la vida que me ganó… se está graduando hoy después de casi 20 años!! Te quiero Prada, hermano mío, por fin!! Jajaja). Si, ¡hemos tardado bastante! Pero porque también vivimos los paros, los bloqueos, las asambleas permanentes, los debates interminables bajo los árboles, las discusiones apasionadas sobre el país que queremos construir.
Porque la Universidad del Valle no sólo nos enseñó una profesión. También nos enseñó a pensar, a cuestionar, a participar y a entender que la educación pública es un derecho que muchas generaciones han defendido antes que nosotros. Podemos tener opiniones distintas sobre muchas cosas, pero hay algo que compartimos: todos sabemos el valor de la universidad pública y la responsabilidad de cuidarla para nosotros y para quienes vendrán después.

Para llegar hasta aquí cada uno de ustedes tuvo sus propias dificultades únicas, personales, familiares, académicas, financieras…Ahora mismo recuerdo mis propias batallas. A veces a pie desde el Distrito de Aguablanca y otras, con más suerte, cogiendo el bus, la Papagayo ruta 9.
¡Eso sí era adrenalina! Lograr subirse… y salir con vida! Ni “Rápido y furioso” tuvo tantas escenas de acción como las que vivimos los que usábamos esa ruta o la Río Cali 2Ptar! Y ni qué decir de las maromas que hice para pagar el semestre: Lavar y planchar ropa ajena, vender dulces, animar en la tarima del Parque de la Caña, lavar carros en un parqueadero por la sexta, hacer chisgas de lo que saliera (payasa, animadora de fiestas, pintucaritas y mimo), mesera en una pizzería en el Caney. Y mi momento más humilde… haber sido la gotica del Jabón Puro! Enfundada en un traje inflable que era redondo, inmenso, que pesaba como no está escrito y que daba un calor que ni les cuento, y tratando de ver por unos roticos del tamaño de unos botones que me quedaban como a dos cuartas de los ojos. (Ole, yo todavía me pregunto cómo era posible que yo caminara con ese traje sin ver absolutamente nada y guardando el equilibrio porque los pelaítos de las escuelas me empujaban por la simple maldad de verme caer de jetas). La lista podría seguir…pero vuelvo y apuesto que mientras cuento esto, cada uno de ustedes está también rememorando todos y cada uno de los sacrificios, las dificultades atravesadas, los momentos duros. Como el escoger entre si la plata que uno tiene en los bolsillos es para el almuerzo en la Central o para las fotocopias. O lo uno o lo otro, pero pa´ las dos no alcanza.
No pasa nada, nos decimos. Si toca escoger las fotocopias todo bien… ahí están los palos de mango. (¡Esos palos de mango le han dado de comer a media humanidad de estudiantes!).

Cuando uno mira hacia atrás, descubre algo curioso: muchas veces no recuerda las dificultades con tristeza, sino con orgullo. ¿Si o qué?. Porque cada obstáculo superado fue construyendo una versión más fuerte de nosotros mismos. La universidad pública tiene esa capacidad extraordinaria: nos enseña a resolver, a inventar, a persistir. Nos enseña que cuando los recursos son escasos, la creatividad se vuelve abundante. Nos enseña que siempre aparece una manera de seguir adelante. Por eso hoy este diploma que reciben, no representa solamente conocimientos adquiridos. También representa todas las veces que ustedes encontraron una forma de continuar cuando todo parecía imposible. Porque nuestra capacidad de resiliencia es más fuerte, es lo que nos enseña nuestra Universidad Pública.

Ahora, en que me aturde un poco el reconocimiento mundial, pienso en que nada de eso existe ni hubiera existido sin la historia que traigo detrás. La gente me ve ahora y cree que el éxito llegó de la noche a la mañana. Pero no, y aquí viene otro de mis momentos más humildes: Mi primer papel en una película duró exactamente 10 segundos en escena. Mi personaje ni siquiera tenía nombre, en el guión me llamaba, “la viuda del muerto”, ¡ni nombre tenía!. Y lo peor, yo estaba dándolo todo, llorando a mares en mi escena del entierro, gritando como si me estuvieran arrancando las entrañas, y viene Carlos Moreno y me dice así con tono solemne: “Uff…bacano Marleyda, chévere ahí toda la entrega…y la emoción…el método…pero ve yo no estoy viendo…
¡la cámara está detrás de vos!”. Yo dignamente me sequé las lágrimas, me soné los mocos y le dije:
“No, es que así nos han enseñado en la universidad”. De espaldas, sí, ¡pero con rigor univalluno!

Por eso sé que no existe Marleyda Soto sin la Universidad del Valle. No existo sin los maestros que me formaron y corrigieron. No existo sin los compañeros que me acompañaron. No existo sin los amigos que me tendieron una mano. No existo sin la familia que me sostuvo y creyó en mi cuando todavía no había razones para creer. No existo sin mis amados estudiantes que confiaron plenamente en mí, y día a día me enseñaron a ser mejor persona. Yo soy porque muchos fueron conmigo.

Hoy reciben un diploma con su nombre impreso, pero detrás de ese nombre hay decenas de personas que hicieron posible este momento. La Univalle nos enseñó algo muy importante: Ninguno de nosotros llega solo. El compañero que les prestó los apuntes cuando no pudieron ir a clase porque no tenían para el pasaje, la amiga que les compartió la coquita del almuerzo, el profesor que se quedó después de clase explicando lo que no entendían o que les recibió el trabajo cuando ya se había cerrado el plazo, el parcero que les gastó almuerzo en la Central, los de las fotocopiadoras que les fiaron las copias, el vigilante que les abrió el salón, los aseadores que limpiaron el espacio, la familia que hizo milagros para pagar el semestre y levantarse lo de los pasajes del Mío… ¡miren cuánta gente ha viajado con ustedes para llegar hasta aquí!

Por eso, cuando dentro de unos minutos digan su nombre y reciban el diploma, sosténganlo con orgullo. Porque sí, lleva su nombre. Se lo ganaron. Lo trabajaron. Lo lucharon. Pero recuerden siempre, y no olviden nunca, que detrás de ese nombre hay una historia más grande: Hay maestros, amigos, compañeros, familias enteras que también hicieron posible este momento. Es, como dice la canción de Hugo Candelario: “Aprendí que no soy sólo yo…y que somos muchos más”.

Y ahora sí… les toca salir al mundo. Salgan con la frente en alto.
Salgan con la convicción de que pertenecen a una de las mejores universidades de este país.

Salgan con la certeza de que la excelencia no consiste en no caer nunca, sino en levantarse cada vez que la vida nos pone a prueba.

Salgan y ocupen los escenarios, los laboratorios, las empresas, las escuelas, los hospitales, los territorios y los espacios donde el país necesita su talento, su sensibilidad y su compromiso.

Y cuando alguien les pregunte quiénes son, respondan con orgullo:

Soy egresado.
Soy egresada.

Soy Univalle.

Muchas gracias.

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