Por Edgard Collazos Córdoba
Profesor Escuela de Estudios Literarios
Raro que, en nuestro medio, donde no hay revistas encargadas de la recepción literaria, un nuevo libro suscite tantos comentarios en los cenáculos literarios del país y en textos de buenos escritores, como está sucediendo con Los nombres de Feliza, el último libro del escritor Juan Gabriel Vásquez.
A despecho de sus detractores, hay que reconocer que el libro, sin ser un dechado de alta prosa, está bien escrito, y aunque hay tanto elementos procedentes del género novela, desperdiciados, tratados como residuos literarios, la narración es una crónica, pues en la captación de la vida el género de la novela reúne lo real y lo fantástico, tanto como lo trágico y lo cómico, elementos ausentes en este buen libro. Y quizás porque hay en Juan Gabriel Vásquez una preferencia personal, una sana afición por desenterrar historias, página por página lo narrado se ciñe a la crónica, donde se limita lo fantástico y adquiere gran valor el énfasis del realismo y la cronología en el recuento de la trágica vida del personaje.
El libro está escrito con destreza, sobre todo cuando a través de la lectura de sus páginas sentimos que los desvelos del personaje usurpan las noches y vigilias de Juan Gabriel Vásquez, quien en cada página busca elementos para lograr percepciones en el lector, percepciones que van ensombreciendo el lenguaje al igual que se ensombrece el final trágico de Feliza.
La obra se ocupa de la vida de Feliza Bursztyn, una artista, escultora, descendiente de polacos -azquenazi, nacida en Colombia hacia 1933 en las entrañas de una familia judía. Juan Gabriel parece haber sospechado que sepultada en la historia olvidada de Colombia hay un rico material literario no aprovechado por los escritores de la generación que le antecede, y antes de que esas historias de vida se conviertan en fósiles y se pierdan, pues los fósiles carecen de animación y son incapaces de reproducirse hasta que encuentran quien los reviva, él se ha dado a la tarea de narrarnos esas memorables historias antes que sean sepultadas bajo el polvo del olvido.
Bajo el estímulo de animar una vida, Vásquez, en esta extensa crónica, procede como el buen novelista que escribió la Historia secreta de Costa Guama y El ruido de las cosas al caer, novelas cuya elaboración de los hechos dependen de la atmósfera que él es capaz de crear y que seguramente utilizó para narrar la vida de Feliza por esas calles de París; esas ventanas lacónicas de alféizares derruidos de los viejos apartamentos europeos por donde entraba el viento frío de los inviernos cuando Feliza se escondía entre colchas; esos barrios bogotanos; esos garajes que utilizaba como taller donde soldaba su chatarra; esos espacios de las casas americanas adonde iba a visitar a sus hijas; esas calles de Cali, cuando en 1968 hizo su exposición en el Museo de Arte la Tertulia, época cuando en mi adolescencia supe de esta artista que desafiaba la moral y me dejé sorprender por el erotismo desafiante de su obra.
En esta narración, donde además de la vida de Feliza Bursztyn se evoca el mundo del arte colombiano en una época poblada de contradicciones sociales, hay en cada recuento investigado por el escritor un fértil campo de elementos novelescos como las unidades dramáticas de tiempo, lugar y acción, que le permiten al el escritor crear percepciones en el lector a través de su pensamiento, debido a que el recuento de la vida de Feliza está atravesado por la idea de que la brevedad de la vida humana puede ser sometida por una injusta ferocidad que desconocemos de dónde proviene y así, el narrador, parece disentir del orden del mundo y la limitada condición de nuestra especie no es accesible a la razón.
Debemos celebrar que el libro haya creado controversia en los lectores, generando detractores y apologistas, pero es, ante todo, una señal de que la literatura colombiana pasa por un buen momento












