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El papel de las nuevas generaciones en la prevención de las violencias basadas en género

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Viernes, 24 Abril 2026
Agencia de Noticias Univalle

Términos como 'funar' o 'escrache' han dejado de ser jerga juvenil para integrarse al léxico jurídico de la Corte Constitucional, impulsados por un activismo universitario que interpela a la institucionalidad y a la sociedad entera.

El escrache nació como una forma de exponer a integrantes de torturas durante la dictadura argentina, mediante manifestaciones públicas en las casas o lugares de trabajo de las personas señaladas de cometer injusticias. Las jóvenes latinoamericanas lo han adaptado para denunciar en redes sociales a los agresores de violencias de género ante la falta de respuestas judiciales e institucionales.

Más allá de los apoyos a este tipo de expresiones, investigadoras como Francesca Gargallo, Rita Segato y Doris Lamus reconocen estas manifestaciones como parte de una nueva ola feminista marcada por la movilización en las calles y en las redes sociales bajo la consigna del derecho a vivir una vida sin violencias.

Las redes sociales y la nueva ola feminista
“Una amiga estaba pasando por un momento difícil en su relación afectiva, entonces charlando nos dimos cuenta de que no era un asunto aislado”, este testimonio común dio origen a muchas colectivas, como las agrupaciones "Cristina Bautista" y “Amarantas”.

Estos activismos no surgieron en el vacío. Huayra, integrante de la red Amarantas e hija de una activista de "Las Fulanas", refleja ese relevo: “Crecí viendo a mi madre pelear por sus derechos; para mí la universidad era un espacio de libertad”. Aunque estas mujeres realizaron algunas oposiciones a los acosos de docentes y estudiantes, tales asedios y hostigamientos carecían de una estructura que los nombrara como Violencias Basadas en Género (VBG) y se trataron como incidentes aislados.

Hacia el 2014, movimientos como #MeToo, #VivasNosQueremos y #NiUnaMenos generaron una explosión de testimonios y denuncias que para Doris Lamus “rompieron las formas tradicionales de las organizaciones feministas más jerárquicas y cerradas” y dieron paso a expresiones espontáneas y simultáneas de protesta que pronto llegaron a los medios de comunicación.

En Colombia, la primera publicación ocurrió el 20 de mayo de 2016, cuando El Tiempo publicó "El silencio: cómplice del acoso sexual en las universidades del país", un reportaje al que siguieron otras noticias al respecto, y lo que vino a continuación fue un tsunami. “Nunca antes el feminismo había sido tan masivo”, reconoce una feminista caleña de 60 años, “de un momento a otro, en redes circulaban videos, posters, comentarios y surgieron nuevas colectividades”. Las coreografías de “El violador eres tú” se propagaron en América Latina por colegios, calles y universidades recuerda con entusiasmo.

Algunas colectivas universitarias de la ciudad se unieron y junto a otra de mayor trayectoria se defendieron de una acusación por “difamación” y lograron el reconocimiento del escrache. como una forma pacífica de "justicia feminista" o "justicia restaurativa" ante la impunidad en casos de acoso o abuso sexual. Ahora bien, la Corte instó a la constatación de los hechos denunciados y obliga a no afirmar responsabilidad penal sin sentencia judicial, utilizando expresiones dubitativas.

El impacto de las redes
Al mismo tiempo, las profesoras universitarias buscaban que las instituciones públicas trabajaran en la prevención y sanción de las violencias contra las mujeres, como establece la Ley 1257 de 2008. Solo hasta 2015 el Consejo Superior dio el aval para la formulación de la Política de Equidad de Género y No Discriminación. En ese trabajo estaban las docentes cuando las jóvenes estallaron, y para el 2018 se hicieron visibles 87 referencias explícitas a conocimientos de casos de violencias basadas en género.

Para la socióloga Paula Ramírez, “las colectivas feministas han supuesto un lugar, para las mujeres y personas diversas, que ha posibilitado construir y tejer relacionamientos desde el cuidado, la empatía, la sororidad y por supuesto la amistad que, han significado espacios seguros, sanos y potenciadores de sus liderazgos políticos, académicos y sociales en la Universidad del Valle”.

Sin embargo, la cercanía y confianza las incluyó como primer contacto para las víctimas, lo que generó una carga emocional desbordada: “Nos sentábamos a llorar con las compañeras porque no sabíamos cómo reaccionar; no somos psicólogas”, relata Huayra. Esta realidad impulsó una lectura crítica de los borradores de la política de género y no discriminación para definir los roles de los actores institucionales y estudiantiles.

Una generación formada y activa
La ola de estudiantes interesadas e interesades en la formación técnica sobre la perspectiva de género aumenta cada año. Paula Ramírez observó que quienes participan en organizaciones colectivas feministas suelen buscar asignaturas específicas y espacios como la "Escuela de Formación para la Orientación en VBG" y la asignatura Género, Pluralidad y Diversidades ofrecida por la universidad. Este interés es bidireccional: muchas estudiantes que inician en la academia terminan integrándose a procesos colectivos.

Sin embargo, el camino hacia una atención integral aún presenta retos. Isabella Kling, representante del estudiantado con discapacidad, subraya la importancia de la Mesa Institucional de Género como mecanismo de articulación, pero advierte sobre la necesidad de incorporar la interseccionalidad: “la atención debe ser oportuna para todas las poblaciones, reconociendo las barreras específicas que enfrentan las personas con discapacidad”.

Aún más, Ría, estudiante de Sociología e integrante de Ultravioletas, reconoce que espacios como la nueva Área de atención a las violencias de género es una ganancia de los movimientos estudiantiles, que la institucionalidad cumplió.

Lo cierto es que esta ola sigue creciendo y el impacto de este movimiento es innegable: “Ya no tenemos que justificar la importancia de hablar de violencia de género”, afirma Huayra. Este es un hito que suma al camino de sus antecesoras de quienes heredaron “el derecho a conformar colectivas feministas como un tipo de organización legítima para la universidad”.

Por: Laura Parra Rodríguez
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